Por Claudia Moszkowicz

Si tuviera que decir cuál fue EL día que todo cambió no sabría con cuál quedarme. La maternidad es una gran aventura, llena de días que todo cambia.

Podría ser el día que supe que estaba embarazada. Llevaba días con mucha alergia, no paraba de estornudar y Fabi me rogaba que tomara un antialérgico (pero se me habían terminado). Ya estaba yendo a la farmacia y pensé “mejor no”. Cuando llegó Fabi a casa deseando que yo parara de estornudar, me senté en el sillón y le dije “no compré el antialérgico porque creo que estoy embarazada”.

Y al día siguiente fuimos juntos a la farmacia, pero no a comprar antialérgico.

Llegamos a casa, nos pusimos a ver una peli y yo no podía esperar más… pero Fabi le daba largas… “no hay que esperar hasta la mañana?”… no!!

Y estábamos embarazados! Sacamos fotos del test, de la panza, del amor…

Me sentía que todo florecía. Tal vez por primera vez en mi vida, hacía lo que mi cuerpo me pedía (dormir! Y vomitar en lugares que avergonzaban a Fabi), porque ya no me pertenecía. La “arvejita” (en honor a la primer eco) mandaba (y lo hace hasta el día de hoy!).

Podría ser la mañana que sentí por primera vez las burbujitas de sus movimientos, que pronto se convirtieron en patadas de goleador.

Podría ser el día que nos enteramos que era varón… qué nombre le ponemos? Teníamos tres de nena y ninguno de varón!

Podría ser el día que me hicieron la última eco programada. Fabi estaba más nervioso de lo habitual y yo le dije “si te ponés así con las ecos, el día del nacimiento mejor vengo yo sola” (con amor! Y en broma, claro! Sabía que llegado el momento “se iba a portar bien”).

A esa altura estaba de 31 semanas y según la eco Mati estaba muy bajo. El ecógrafo no le dio importancia, pero con Fabi nos preocupamos, así que esa tarde consulté al ginecólogo. “No me preocupa tanto que esté bajo, como que el cuello del útero está casi borrado” dijo. Yo creo que temblaba. Iba en un mundo paralelo. Y para colmo, por primera vez en todo el embarazo, había ido sola (bueno, con Mati, claro) a la consulta. Tuve que ir a la farmacia, comprar los surfactantes (unas inyecciones que aceleran el desarrollo de los pulmones del bebé), hacer cola porque la cajera no me quería dar prioridad (aunque había carteles por todos lados) porque decía que “tampoco iba a parir mañana”, ir a que me dieran la primer dosis y agendar otra para el día siguiente. De ahí directo a la cama. Reposo absoluto. Y cuando me dicen absoluto me lo tomo muy en serio. Ir al baño era el gran paseo.

Me pasé toda la semana con unas contracciones larguísimas y seguidísimas (pero sin dolor). Consultamos mil veces con la emergencia y nadie le dio demasiada importancia. Un día tuve una muy muy larga, así que Fabi le mandó un SMS a nuestro ginecólogo preguntando si ir a puerta de entrada. Dijo que no era necesario.

A la semana de empezar el reposo, volví a control. Esta vez con Fabi y mi papá. Lo primero fue escuchar el corazón de Mati (que a esa altura seguía siendo “la arvejita” aunque ahora en tamaño pollito). Iba notoriamente lento. Un susto que no les puedo explicar, pero trataba de mantener la calma y además seguía con esa sensación de mundo paralelo (que no sé si alguna vez se me pasó del todo). “Madre, te vamos a tener que internar”. Silla de ruedas, cama de hospital, eco doppler (“está todo perfecto! Mirá cómo circula la sangre por acá y por allá… seguramente se agarró del cordón justo en ese momento y por eso la bradicardia”)… más mundo paralelo. Venían las enfermeras y yo les decía que tenía contracciones a lo que respondían “madre, no debe saber lo que es una contracción”.

A la mañana siguiente me iban a dar el alta, pero antes, por las dudas, me pusieron el monitor. Yo preguntaba “y si vuelve a pasar?”… “no va a volver a pasar” decían. Hasta que pasó! Y gracias a D”s con el monitor de testigo. El protocolo era dejar el monitor 15 minutos, pero el ginecólogo de guardia se demoró con otra mamá y en el minuto 19 el corazón de Mati se iba en picada… y el mío se aceleró como nunca en mi vida. Sólo pensaba en respirar y respirar para que le llegara oxígeno. Y de a poquito volvió a la normalidad.

El ginecólogo de guardia no entendía nada. Le dije que había coincidido con que había tenido una contracción de 5 minutos y me dijo que eso era imposible… hasta que lo vio en el monitor. Ahí entendí! No me habían creído! ni los médicos de la emergencia, ni las enfermeras, ni mi ginecólogo… “las primerizas no saben mucho”…

A los 20 eternos minutos vino mi ginecólogo y nos dijo “Estuve con los neonatólogos, no sabemos lo que pasa. Hay que sacarlo. En la panza no podemos hacer nada y capaz afuera sí”… mundo paralelo… mundo paralelo… “a las 18 hs. te vamos a hacer la cesárea”, “cesárea?”, “es que no sobreviviría a un parto natural”.

En el pasillo, ginecólogo y Fabi (que mala costumbre de dejar a la mamá afuera!) explicándole lo delicado de la situación y preparándolo para cualquier cosa.

Tuve otra contracción (y claro! Si las tenía todo el tiempo!) y el corazón de Mati otra vez en picada. El ginecólogo dijo “no se puede esperar más, hay que sacarlo YA”… y así fue… todos corriendo por el pasillo (yo en camilla, claro), el anestesista un amor (qué mano y cuánta adrenalina, que no sentí nada cuando me dio la epidural) y fue todo tan de apuro que faltaba personal y Fabi fue el encargado de sostener el oxígeno.

Mati nació a las 15.10, llorando, pesando 1.708 y con un apgar de 8-9. Besito a mamá, besito a papá, y se lo llevaron. Le dije a Fabi “andá con él”… “no Clau… no puedo ir con él”. Mundo paralelo… A las 15.20 lo ingresan en el CTI. Era chiquito y precioso… y creo que debe haber peleado tanto para que lo dejaran tranquilo, que llegó un momento que empezó a hacer apneas.

Mientras, yo tomaba agua para limpiar mi cuerpo de anestesia y poder caminar, que era lo que me separaba de mi hijo. Podía llegar hasta la puerta del CTI en silla de ruedas, pero tenía que poder caminar hasta la incubadora que estaba al final de una eterna fila de incubadoras con bebitos diminutos.

Cuando pude caminar, en el CTI había emergencias (como hay todo el tiempo) y los padres no podíamos entrar. Creo que pasaron como 9 horas hasta que finalmente pudimos re-encontrarnos.

A esa altura las apneas iban en aumento y le habían puesto un respirador. Lo curioso es que recuerdo cuando lo vi en esa cajita de cristal, chiquito, agotado, con carita de sufrimiento y lleno de cables…. pero no recuerdo el respirador. Yo todavía estaba doblada y un papá me prestó su banquito para sentarme y me dijo “estamos todos en la misma” (y así es) y una enfermera me ayudó a sacar a Mati de la incubadora y sostenerlo en brazos por un ratito.

Ese lugar es un mundo paralelo real. Cada día es una batalla, incertidumbre, riesgo de esto o de aquello. Y no sólo porque está tu hijo… porque está lleno de bebitos pasándola muy mal. Entiendo que salvan vidas, pero nunca voy a entender por qué para salvarles la vida tienen que alejarlos de su mamá. Porque es cierto que (por lo menos en el que estaba Mati) podían “recibir visitas” (sólo de los padres) pero un bebé DEBE permanecer con su mamá, especialmente si necesita cuidados médicos.

A los dos días Mati pasó a una parte donde estaban los bebés más estables, estaba “sólo para engorde” (si! como los pollos…) y podíamos estar casi todo el día con él, aunque la mayor parte del tiempo no lo podíamos sacar de la incubadora. Contábamos los gramos que nos separaban de sacarlo de ahí. Es una sensación muy rara (y fea) de que el bebé “pertenece” al CTI. Los padres apenas tenemos derecho a estar u opinar. Las nurses y los médicos ponen las reglas, y cargar en brazos a mi hijo se convertía en el privilegio por haber sido amable con alguno de ellos. Una vez una nurse llegó a decirme “no lo toque madre que lo altera”. QUIÉN ES ELLA PARA DECIRME QUE NO PUEDO TOCAR A MI HIJO? Y cómo hacen para convertir la palabra “madre” en intolerable? Le quería decir muchas cosas desagradables, pero como tocarlo dependía de su humor, Fabi trató de calmarme y convencerme de que me fuera a descansar un rato.

A la semana llegó un día temido (otro de esos que cambian todo): me iban a dar el alta.

Llegar a casa sin Mati fue muy doloroso. Sentía un vacío horrible, una tristeza… Amé estar embarazada! En una de las últimas consultas le dije al ginecólogo “voy a extrañar la panza cuando nazca” y él me dijo que no la iba a extrañar porque iba a tener a mi bebé. Y ahí estaba yo… entrando sola a casa (para ser precisa la primera vez que me fui no me animé a ir a casa y por el camino le pedí a mi mamá que me llevara a la suya).

Fabi se había quedado con Mati porque queríamos que siempre estuviera con uno de nosotros o con los dos juntos. Me había llevado una foto y par de medias recién usadas, con su olorcito de bebé. Las olía y no podía parar de llorar. Sólo queríamos estar con Mati y casi no dormíamos, ni comíamos… pero yo necesitaba tener leche para que le dieran… y por mucho que me ordeñaba nunca tenía suficiente.

Las nurses siempre nos trataban de convencer de que nos fuéramos a descansar, que cuando estuviéramos en casa iba a ser más difícil porque no íbamos a tener ayuda. No estaba (ni estoy) de acuerdo! No podía ser más difícil que dejarlo ahí e irme a casa.

A los 18 días lo pasaron a la sala común de pediatría. Mucho mejor porque podíamos estar permanente con él. Pero… A esa altura todavía necesitaba la sondita para alimentarse, y las nurses de pediatría no tenían ni la más mínima idea del procedimiento. Practicaron con Mati como si fuera un muñeco y llegaron a usar sondas de hasta el doble del ancho de la sonda que necesitaba porque “no hay otra”. El pediatra pasaba cada mañana, se paraba del lado de afuera de la puerta, preguntaba con cara de pocos amigos “cuánto aumentó?” y decía “si  aprende  a  tomar  la  mamadera  se  van  a  casa.  Estimuleló madre”.

Nadie sabía cómo ayudarnos con la mamadera y de lactancia ni les cuento. Venía una nurse y decía “ni se te ocurra ponerlo al pecho porque gastan más energía succionando de la que ganan con la leche” y venía otra y me ofrecía ayuda para prenderlo.

En resumen (recién ahora se me ocurre resumir?) los primeros tiempos fueron muy difíciles. También en casa fue difícil. Para que se hagan una idea, Mati pesaba dos kilos cuando nos fuimos a casa, teníamos que estar aislados porque el sistema inmunológico de un prematuro es muy inmaduro, justo fue el invierno de la gripe porcina, teníamos miedo, a Mati le costaba mucho dormir y estábamos agotados, había que tener mil cuidados especiales, mil controles, cuánto come, cuánto aumenta, si regula bien la temperatura… y mucha incomprensión.

La lactancia fue un camino largo de amor y perseverancia de los dos, y con el tiempo (a pesar de los malos consejos) se fue haciendo cada vez más natural.

Mati es un niño hermoso, brillante, alegre y gracioso (es su palabra favorita en estos días). Por más difícil que hayan sido (y a veces sigan siendo) muchas cosas, no me alcanza el alma para agradecer que sea parte de mi vida y que la llene de días en los que todo cambió.