Por: Yolanda González

Está maduro o madura emocionalmente para separarse de su vínculo afectivo durante largas horas y escolarizarse? ¿Es «su»  momento  madurativo  para  dar  ese  salto, con la satisfacción de lograrlo, sin que se dañe? ¿Se despide con tranquilidad y seguridad de la figura materna (o persona sustituta)?¿O, por el contrario, llora desconsoladamente, asustado o desconcertado ante una separación no elegida y frente a tantos nuevos «amiguitos» en un espacio también nuevo y con una nueva profesora? Estas son algunas de las prioritarias reflexiones que deberíamos hacernos cuando se defiende el término de «derecho a la escolarización» en bebés, niños y niñas de 0 a 3 años ¿Derecho de quién?

La mayoría, con chupetes y pañales, se enfrentan a una situación extraña, de intenso stress, traducido en explosiones de llanto, desconsuelo y desesperación, cuando no apatía y resignación. Quien dude de esta afirmación, que se tome la molestia de acudir al inicio de la escolarización a observar cuál es el estado emocional de los peques en los centros donde no existe período de adaptación-integración prolongado. Quien lo dude, que pregunte a sus niños si quieren volver al día siguiente. Que pregunte al profesorado cómo vive las demandas de tantos brazos reclamando su atención. Que pregunten a los padres y madres, que les dejan y salen deprisa para no oír su llamada desesperada. ¿Culpables? Nadie. No  se  trata  de  culpabilizar,  sino  de  reflexionar y poner medios para que nadie salga perjudicado. Los primeros que tienen derecho a no sufrir son los más vulnerables: bebés, niños y niñas. Los segundos que tienen derecho son las madres y padres (que sin base formativa suficiente «creen» que es lo mejor para sus pequeños). Porque es el derecho a trabajar y la ausencia de reconocimiento social de la maternidad/paternidad la que ha hecho incompatible maternidad/paternidad y trabajo. Los terceros que tienen derecho son los profesores y profesoras, que se ven impotentes ante aulas de 18-24 criaturas demandantes.

¿Soluciones? Adecuemos las leyes protegiendo a la infancia y reconociendo la maternidad/paternidad como una función social, fundamental para el futuro de la sociedad. ¿Cómo?  Como  profesional  de  la  salud,  psicoterapeuta de adultos e implicada en la prevención infantil, planteo que es una evidencia que la sociedad está cambiando, y lo hace vertiginosamente, exigiendo rápidas respuestas adaptativas al entorno social. ¿Pero hacia dónde? Hay una pregunta clave: ¿debemos adecuar al pequeño o pequeña al stress y desarrollo social actual, ignorando las repercusiones posteriores de este modelo en la salud mental de la población? ¿Queremos resignarnos a los ritmos impuestos externos, cada vez más deshumanizantes?

Es un hecho que la sociedad establece una dicotomía artificial entre la opción a la maternidad y el derecho al puesto de trabajo. Pretender  simultanear  ambas  funciones  conlleva  un  stress  innecesario  para  el  sistema  familiar, que vive la necesidad de buscar alternativas de atención para sus hijos. En otros países europeos, la mujer (o persona sustituta) que opta por la maternidad ve retribuida su función maternal, sin detrimento de su puesto de trabajo, como ocurre en el Estado español.

De  esta  forma  no  ve  conflictuada  ninguna  de  las  dos  funciones  que  le  pertenecen con igual derecho, priorizando una temporalmente sin detrimento de la otra. Es decir, maternidad retribuida durante 2-3 años.

Para terminar: el sistema social camina hacia la institucionalización de la crianza. Con excelentes servicios, pero con delegación de la educación cada vez a edades más tempranas. La defensa de la socialización infantil se está convirtiendo en un arma de doble filo: es un derecho real que surge cuando el niño o niña ha cubierto su necesidad de dependencia intensa en los dos o tres primeros años de vida, pero no cuando la sociedad dictamina que ha llegado el momento. Un bebé de meses no necesita socializarse porque su inmadurez biológica y emocional se lo impide. Por  tanto,  ¿la  prisa  es  suya  o  nuestra? Frente a la progresiva institucionalización de la crianza, hay estudios en países (Checoslovaquia entre otros) que demuestran que no sólo es más económico para el Estado (cada  criatura  cuesta  entre  800.000  y  1.200.000  pesetas),  sino más saludable para el desarrollo global del pequeño, valorar y reconocer la función temporal de la crianza (primeros años de vida), que crear guarderías para todos.

No sólo es más deseable sino más fructífera la prevención de la salud integral durante la infancia que todos los programas posteriores preventivos y terapéuticos en la etapa adulta. Cuidar la primera infancia y especialmente la franja de 0-3 años es crucial para el desarrollo psicoafectivo individual y comunitario saludable. La comunidad en su conjunto debiera de asumir la responsabilidad de potenciar la salud infantil y transformar leyes laborales sin atropellar las necesidades de los más vulnerables, los niños y niñas. De esa forma, preservaremos la salud social del adulto del mañana.