Esta tarde, los varones de la familia decidieron tomarse un par de horas padre-hijo, y  yo (por primera vez en 4 años) me fui a una cafetería, sola, con libro en mano.

En un momento veo a una mujer que amablemente trata de atraer a un pajarito hacia la puerta para que pudiera salir. Después de varios minutos de infructuoso esfuerzo, unos jóvenes que estaban en otra mesa, empezaron perseguirlo para tratar de agarrarlo y llevarlo hasta la puerta, también sin conseguirlo.

Impotentes de ver al pajarito golpearse contra todas las ventanas cerradas, dos empleados de la cafetería empezaron a perseguirlo con escobas en mano para “ayudarlo”.

Resultándome ya muy fuerte la escena (y viendo al pajarito golpearse cada vez más) dije (casi sin pensar) “Ay! Con escobas no. Dejen la puerta abierta que él va a encontrar su camino.”

Minutos después, el pajarito ya no estaba.

Creo que con los hijos, aunque diera “resultado” atraerlos amablemente al camino “correcto”, o llevarlos hasta la puerta entre algodones, o “guiarlos” a “escobazos”, lo mejor que podemos hacer la mayoría de las veces, es abrir las puertas y confiar en que van a encontrar su propio camino.

Autor: Claudia Moszkowicz