La culpa es como una voz interior que nos dice que deberíamos hacer algo que no hacemos, dejar de hacer algo que hacemos o hacer mejor lo que ya hacemos. Es esa emoción que sentimos cuando no lo estamos haciendo como habíamos esperado. ¡Y las madres esperamos mucho de nosotras mismas!

¿Hay por aquí alguna que espere ser la mamá perfecta? ¿Hay alguna que no se haya sentido culpable alguna vez? ¿Alguna ha mirado a la culpa a los ojos y observado qué pasa?

Voy a tratar de hablar de la culpa sin culpa, lo cual me está siendo bastante difícil, porque a saber: ¡yo también soy madre!

Intento que este sea un artículo que refleje mi experiencia con la culpa (tanto personal, como acompañando a otras mamás) con el ambicioso anhelo de que a alguien más le aporte en el tránsito de su propio camino, y que nadie termine de leerlo y se sienta más culpable, ¡por favor!

¿Cómo funciona la culpa? ¿Para qué sirve la culpa? ¿Cómo me alejo de la culpa si está interfiriendo con mi felicidad?

Por: Claudia Moszkowicz

maitena

Ilustración de Maitena

Me gustaría comenzar por señalar que es un tema muy amplio, que hay varios tipos de culpa y diversos orígenes de la misma. Dice Bert Hellinger: “La culpa existe en diversos contextos y se percibe de diferentes maneras”.

En general, las culpas que sentimos las madres en relación a la crianza, están asociadas al miedo a que nuestras acciones y decisiones tengan consecuencias negativas sobre nuestros hijos.

Las mamás podemos llegar a obsesionarnos con tomar las decisiones correctas y esto, en la era de las mil opciones y del exceso de información (o desinformación), es estadísticamente poco probable.

¿Si le hago upa se va a acostumbrar a los brazos? ¿Si no le hago upa va a sufrir daño emocional? ¿Si le doy el pecho va a ser dependiente hasta los 50? ¿Si le doy complemento va a ser menos inteligente? ¿Si lo llevo a una escuela de doble horario va a estar sobrecargado? ¿Si no lo llevo a una escuela bilingüe va a estar sub-preparado para el mercado laboral en el futuro?

¿Alguna vez notaste que cuanto más culpa sentís, más cansada estás y menos podés transformar la situación que te gustaría cambiar? ¡Esa es la trampa de la culpa! Cuanta más culpa sentimos, menos posibilidad tenemos de cambiar la situación, porque nuestras dos partes enfrentadas están gastando mucha de nuestra energía en combatir entre ellas. Y esto, por favor, que no sea una razón para sentirte más culpable.

¿Qué podemos hacer entonces?

Sin duda hay mucho que podemos hacer para amigarnos con la culpa y esto requiere estar dispuestas a mirarnos de verdad y crecer, por lo tanto es una decisión personal de cada una de nosotras, una decisión que tomamos cada día.

Si estás dispuesta, puedo darte algunas ideas de por dónde empezar.

No te compares con otras mamás

Cada una de nosotras tiene la capacidad de ser la mamá perfecta para sus hijos, si lo hace a su manera, a su estilo, según sus valores, sus talentos y sus circunstancias.

Y esto no significa que no nos vamos a equivocar, quiere decir que podemos ser la mejor versión de nosotras mismas sólo siendo quien realmente somos.

No te compares con otras mamás, ni para criticarte, ni para criticarla.

Todas nos equivocamos, y no por eso merecemos ser señaladas (ni señalarnos a nosotras mismas). “Tu mejor maestro es tu último error”, dice Ralph Nader.

Estoy segura de que suena más fácil de lo que es en la práctica, pero no quita que no podamos hacer el intento.

Una charla sin expectativas con la culpa

Dice Carl Rogers: “La curiosa paradoja es que cuando me acepto tal como soy, entonces puedo cambiar”.

La culpa, por desagradable que sea a veces, está allí por algo. ¿Podés intentar mirarla y ver qué te quiere decir? ¿Qué te dice de vos misma? ¿Qué es lo que querés o no querés hacer? ¿Qué te da miedo?

Mirarla, capaz hasta con cariño, sin juzgarla, sin juzgarte, sin intentar que se vaya. Y si te juzgás y tratás de que se vaya, también está bien. Tratá de charlar con ella como si fuera una amiga que tiene algo importante que decirte y hoy te animás a escuchar.

Practicá siempre que puedas

Como decía antes, el proceso de amigarnos con la culpa es una decisión personal de cada día. Incluso más, cada vez que nos sentimos culpables tenemos una oportunidad (no una obligación) para charlar con ella.

No sé si podemos vivir sin nada de culpa, no me ha pasado (¿aún?), y tampoco sé si se trata de deshacernos de ella para siempre.

Lo que sí sé, es que trabajar con nuestra culpa puede ser parte de nuestro proceso de crecimiento, un paso hacia una mayor conciencia de nosotras mismas, de ser quien realmente queremos y tenemos el potencial de ser, y que esto se vive día a día.

Si querés escribirme y contarme cómo te está yendo, si tenés preguntas o algo que quieras compartir, ¡me va a encantar leerte!