Por Fabián Schamis

Que todo tiempo pasado fue mejor, que antes se arreglaba con dos gritos y un cinturón para que los nenes “salieran derechitos”, que hoy en día hay demasiada libertad…

Quién no ha escuchado este tipo de aseveración entre insultante para la inteligencia de cualquier padre o madre que disponga  de cerebro  y latiguillo para quienes no pueden pensar una situación sin recurrir a lugares comunes?

Es cierto sin embargo, criar en el estricto sentido de la palabra es un desafío. Siempre lo fue. Cuando los chicos eran “educados” a fuerza de golpes y gritos, cuando los niños no niños sino adultos no aptos para trabajar (hasta que Freud los definió como tales) y lo sigue siendo al día de hoy, cuando en un océano de teorías y miradas certeras sobre cómo hacer las cosas, debemos encontrar nuestro propio funcionamiento.

Lo único que ha cambiado son las variables que dependen del entorno y el  sinfín de expertos  que han desarrollado  teoría para decirnos  cómo criar   a nuestros hijos. Desde  cómo hacerlos dormir, comer, hablar y demás funciones vitales, hasta indicarnos caminos para no tener sorpresas y que nuestros hijos (obviamente es genérico y refiero tanto a niñas como varones) sean seres exitosos en un futuro cercano. Muchas veces  sacrificando en pos de ese futuro…el presente!

Vamos! Que un niño es niño…que por más que el entorno cambió, no es menos cierto que a través de la historia siempre se vio el presente como caótico (Caos: masa sin forma, tenebrosa).

Y así mismo generación tras generación hemos crecido, hemos sido guiados con mayor o menor suceso hasta este presente en el que lo que realmente asusta es el no poder controlar.

No controlamos absolutamente nada que se circunde el sistema en el cual nuestros hijos crecen, y eso nos aterra. Nos paraliza a tal punto que cada día es más común encontrarnos con padres que ya sea, se mimetizan con  sus hijos en un  ataque omnipotente y falaz  de que “desde dentro puedo mantener el control”,  hasta aquellos que aíslan a sus hijos de todo lo “externo” ya que “el afuera” deja de ser el lugar donde se encuentran los peligros para transformarse en un peligro “per se”.

La crianza no es fácil, la decisión de convertirse en padres implica –o debería implicar- en sí misma la opción de vivir en la incertidumbre. Abandonando los lugares comunes, las frases estereotipadas, los consejos de todos los pseudo-expertos y sobre todo, sabiendo que acompañar a nuestros hijos en el proceso de convertirse en seres integrales, humanos, con la capacidad de generar y generarse un mundo acogedor y solidario, lejos está de ser algo lineal en lo que si yo hago o digo “A”, entonces mi hijo hará o dirá “B”.

Entonces y sólo entonces no nos sorprenderá más, ni miraremos altaneramente a quienes cuando algo sale mal se preguntan: “qué hice mal?”.

La  respuesta  es  muchas  veces:  nada. No  necesariamente  hacer las  cosas mal implica que nuestros hijos “saldrán” malos ni viceversa.

Entonces, cuál es la propuesta?

Tan simple como difícil: primero propongo recuperar el instinto paternal y maternal (porque los roles del padre y la madre no son iguales más allá de los cambios que vivimos en referencia a las cuestiones de género).  No hay aparato electrónico, niñeras, expertos, ni colegios que puedan cubrir los baches que dejan los padres cuando no cumplen con su rol de protección, guía y vía de socialización primaria que tienen todos los chicos.

Segundo, realizar pausas para pensar y generar acuerdos entre los padres (o quienes estén cumpliendo ese rol por obra y gracias del destino), a efectos de no actuar sistemáticamente, automáticamente, sino actuar en función al equilibrio entre el raciocinio y la emoción aplicado a una situación específica.

Tercero, saber siempre, desde el momento de la gestación y aún antes, que esa creación maravillosa que es un niño implicará sacrificios y por lo tanto debemos estar dispuestos a hacerlos (la gratificación que da un hijo compensa con creces cualquier partido de fútbol o té con amigas que uno deje de asistir).

Cuarto y último, entender esa creación como alguien que debe ser respetado desde el vamos. Se trata de una persona. Primero  cuando  lo estamos buscando, luego  intrauterinamente, después al momento de nacer, posteriormente durante todo el resto de sus y nuestras vidas…

Teorizar sobre cuál es el momento en el que debemos comenzar a tratar como iguales a nuestros hijos es sólo eso, teoría.  Cuanto antes comprendamos que nuestros hijos sienten, perciben, absorben todo lo que sucede en su entorno y especialmente lo que sus padres emiten, mayores las posibilidades que logremos generar un entorno favorable para el desarrollo de nuestros niños.