Qué fue del valor de la diversidad?

Por Clau­dia Moszkowicz

Hace unos días publiqué en el muro de face­book esta frase de Car­los González:

 

Al prin­ci­pio llegó una llu­via de “me gusta” y comen­tar­ios a favor de la frase y del autor… y como no podía fal­tar, apare­ció tam­bién la voz del desacuerdo. Bien­venida!!

A decir ver­dad, a veces me gus­taría que todos pen­saran como yo :-D sería en parte más fácil… pero qué pobre y abur­rido sería! de cuán­tas cosas me perdería! de aprender, crecer, del placer de cam­biar de opinión de vez en cuando (tam­poco mucho ;) jaja)… y por qué no? de darle un punto de vista difer­ente a otro y que en una de esas algo le resuene y…

Cuando aparece el desacuerdo, me invade un impulso de respon­der para dar mi punto de vista (qué fuerte es la cos­tum­bre!)… pero trato de leer un par de veces, reflex­ionar, digerir… y recién al rato respon­der. A veces temo ofender al que no piensa como yo (una buena razón para tomar una pausa y pen­sar cómo expre­sarme), porque me parece que esta­mos bas­tante más acos­tum­bra­dos a pelear que a inter­cam­biar ideas (capaz me equiv­oco y claro que depende del ámbito en que suceda el intercambio).

A veces ponemos más energía en pen­sar “qué le voy a respon­der” para “ganar”, que en escuchar lo que nos están diciendo, abier­tos a la posi­bil­i­dad de apren­der algo nuevo. Qué fue del valor de la diversidad?

Y qué tiene que ver esto con cri­anza? (además de lo obvio: el inter­cam­bio fue sobre un tema de crianza)

Todo! Nue­stros hijos no son iguales a nosotros (más allá de los típi­cos “a quién se parece?”, “es igual­ito a vos!”, “es igual al papá!”, “se parece a un tatara-tatara-abuelo” 8-O )…

Acom­pañar a un hijo respetando la diver­si­dad debe ser de los desafíos más grandes de la cri­anza! y esto sí creo que se entrena (no como dormir, comer o ser “inde­pen­di­ente”). Es algo que los p-madres (nada fácil­mente) podemos apren­der. Cómo? Prac­ti­cando! Inten­tando! Y volviendo a inten­tar cuando no nos sale!

Empezar por darnos cuenta que no son “nue­stros”, no tratar de apa­gar su voz (o bajar el vol­u­men) porque es más fácil que “hagan caso”, obser­var­los tratando de despo­jarnos de nue­stros pre­con­cep­tos de cómo deberían ser o hacer, acep­tar­los, dejarnos fluir (despacito, con curiosi­dad, a ver hacia dónde nos lleva), conec­tarnos con la mar­avilla de su esen­cia y dis­fru­tar de lo que son. En algunos momen­tos nos va a salir y en otros nos va a salir lo de siem­pre… tiempo al tiempo… es toooodo un desafío!

Siento que lo que lo hace más difí­cil, en es que esa voz que quer­e­mos apa­gar, que parece que es la de nue­stros hijos, es en real­i­dad la nues­tra, la que alguna vez otro adulto apagó (segu­ra­mente sin darse cuenta) cuando éramos demasi­ado pequeños para defend­erla. En el camino de apren­der a acep­tar a “nue­stros” hijos, será que ter­minare­mos encon­trando nues­tra voz per­dida? Entonces, volviendo al prin­ci­pio, será que la baja tol­er­an­cia a la diver­si­dad tiene que ver con la baja tol­er­an­cia a algunos aspec­tos de nosotros mis­mos? aque­llo de “una piedra no te molesta a menos que esté en tu camino” (o en tu zapato)?

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