Hace unos días publiqué en el muro de facebook esta frase de Carlos González:
Al principio llegó una lluvia de “me gusta” y comentarios a favor de la frase y del autor… y como no podía faltar, apareció también la voz del desacuerdo. Bienvenida!!
A decir verdad, a veces me gustaría que todos pensaran como yo
sería en parte más fácil… pero qué pobre y aburrido sería! de cuántas cosas me perdería! de aprender, crecer, del placer de cambiar de opinión de vez en cuando (tampoco mucho
jaja)… y por qué no? de darle un punto de vista diferente a otro y que en una de esas algo le resuene y…
Cuando aparece el desacuerdo, me invade un impulso de responder para dar mi punto de vista (qué fuerte es la costumbre!)… pero trato de leer un par de veces, reflexionar, digerir… y recién al rato responder. A veces temo ofender al que no piensa como yo (una buena razón para tomar una pausa y pensar cómo expresarme), porque me parece que estamos bastante más acostumbrados a pelear que a intercambiar ideas (capaz me equivoco y claro que depende del ámbito en que suceda el intercambio).
A veces ponemos más energía en pensar “qué le voy a responder” para “ganar”, que en escuchar lo que nos están diciendo, abiertos a la posibilidad de aprender algo nuevo. Qué fue del valor de la diversidad?
Y qué tiene que ver esto con crianza? (además de lo obvio: el intercambio fue sobre un tema de crianza)
Todo! Nuestros hijos no son iguales a nosotros (más allá de los típicos “a quién se parece?”, “es igualito a vos!”, “es igual al papá!”, “se parece a un tatara-tatara-abuelo”
)…
Acompañar a un hijo respetando la diversidad debe ser de los desafíos más grandes de la crianza! y esto sí creo que se entrena (no como dormir, comer o ser “independiente”). Es algo que los p-madres (nada fácilmente) podemos aprender. Cómo? Practicando! Intentando! Y volviendo a intentar cuando no nos sale!
Empezar por darnos cuenta que no son “nuestros”, no tratar de apagar su voz (o bajar el volumen) porque es más fácil que “hagan caso”, observarlos tratando de despojarnos de nuestros preconceptos de cómo deberían ser o hacer, aceptarlos, dejarnos fluir (despacito, con curiosidad, a ver hacia dónde nos lleva), conectarnos con la maravilla de su esencia y disfrutar de lo que son. En algunos momentos nos va a salir y en otros nos va a salir lo de siempre… tiempo al tiempo… es toooodo un desafío!
Siento que lo que lo hace más difícil, en es que esa voz que queremos apagar, que parece que es la de nuestros hijos, es en realidad la nuestra, la que alguna vez otro adulto apagó (seguramente sin darse cuenta) cuando éramos demasiado pequeños para defenderla. En el camino de aprender a aceptar a “nuestros” hijos, será que terminaremos encontrando nuestra voz perdida? Entonces, volviendo al principio, será que la baja tolerancia a la diversidad tiene que ver con la baja tolerancia a algunos aspectos de nosotros mismos? aquello de “una piedra no te molesta a menos que esté en tu camino” (o en tu zapato)?







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